LA PRIMERA BICICLETA
Hoy en día nadie se sorprende al ver pasar una bicicleta o un coche, pero a finales del siglo XIX y comienzos del XX aquellos artefactos eran una auténtica rareza, sobre todo en los pueblos aislados. La bicicleta llegó antes que el automóvil, aunque no se sabe con exactitud cuándo apareció la primera en Extremadura. Mis padres recuerdan cómo sus mayores contaban, casi como leyendas, las primeras veces que alguien vio una.
Una de aquellas historias hablaba de un vecino que llegó corriendo al pueblo, desencajado, asegurando que cerca del Desmonte había visto al “diablo montado en una trébede”. La confusión tenía su lógica: la pieza circular donde se enganchan los pedales recordaba mucho a una trébede de cocina.
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| Trébede donde se ponía la sartén al fuego para calentar la comida |
Poco después, otro vecino que había viajado a Trujillo vio una bicicleta más de cerca y volvió al pueblo contándolo con asombro. Decía que aquel hombre iba subido a un artefacto de hierro con dos ruedas y que, dándole patadas a la trébede, avanzaba tan rápido como un caballo. En el pueblo, el diálogo fue algo así:
—Iba
tan rápido, que del susto al pasarme al lado, me tropecé y abate me caigo
—¿Y cómo se llama ese archiperre?
—Bicicleta.
—¡Vaya nombre! ¿Cibicleta?
—¡No, bruto! Bicicleta.
—Chacho, vaya invento.
Durante buena parte del siglo XIX y las primeras décadas del XX la bicicleta fue un artículo de lujo. No empezó a verse con cierta normalidad hasta ya entrado el siglo, cuando se volvió más asequible.
Escribí un artículo hace años sobre cómo mi padre, a mediados del siglo XX, usó una bicicleta para avisar a unos parientes en la localidad de Campolugar, para que vinieran a segar.
En aquellos tiempos, cuando un ciclista o un coche aparecía por la carretera, los hombres interrumpían la labor que estuvieran haciendo en el campo, dejaban los aperos y se acercaban a la pared que separaba el campo del camino. Allí, con la mano en la frente a modo de visera, saludaban al aventurado conductor, que devolvía el saludo. Cuando el vehículo desaparecía levantando una nube de polvo, todos regresaban sonrientes a sus tareas, felices de haber presenciado algo tan extraordinario.
PRIMER COCHE EN EL DESMONTE
Conviene recordar cómo era una “carretera” (lugar donde pasaban los carros de caballos, de ahí su nombre) al inicio del siglo XX: caminos estrechos de tierra, hechos a mano, llenos de baches, piedras pequeñas y regueros abiertos por el agua. En ese contexto, no es de extrañar la impresión que causó ver un automóvil.
La provincia de Cáceres fue sorprendentemente pionera. En noviembre de 1900, en Plasencia, se matriculó el primer coche de la península: un triciclo mecánico Clement con matrícula CC‑1. En una época en la que Madrid no matricularía su primer vehículo hasta 1907, Cáceres ya tenía diez, y ese mismo año se inauguró la primera línea de autobuses de España, entre Cáceres y Trujillo.
Pese a su escasa velocidad, no estaba exento de riesgos el uso de estos automóviles. El abogado cacereño Fernando García Becerra había fallecido en 1904 en un Renault matrícula CC-3, primer muerto en accidente automovilístico en España.
La gasolina se compraba en las farmacias. No existían las gasolineras, pues la demanda era muy pequeña. Los conductores llevaban un recipiente extra amarrado al lateral para no quedarse sin combustible.
Con este contexto, no sorprende la incredulidad que generó en Santa Cruz de la Sierra la noticia de que un vecino había visto un “coche que se movía solo”, sin caballos. Al principio nadie le creyó, pensando que habría bebido. Pero cuando un segundo vecino afirmó haber visto lo mismo, el rumor empezó a tomar fuerza. Dos borrachos pueden ver visiones, pero la misma visión ya es más difícil.
El Desmonte es un alto en la carretera de Trujillo a Miajadas, poco antes de llegar a Santa Cruz de la Sierra. Tras pasar la Dehesa de los Quintos de San Pedro, se llegaba a las fincas de Arrocampo y Monterrey, comenzando ahí una subida mantenida hasta un alto, momento en el que aparecía (y aparece) al fondo a la izquierda el pueblo y sierra de Santa Cruz. Ese punto alto privilegiado es el Desmonte.
Las primeras veces que asomó un coche por aquel alto, la voz corría rápido por el pueblo: “¡Un coche sin caballos en el Desmonte!” Si el cura o algún monaguillo estaban en la iglesia, incluso tocaban las campanas. Los niños eran los primeros en subir corriendo desde el pueblo por la calle del Puerto para verlo pasar. La antigua carretera nacional, que serpenteaba para salvar la pendiente, hacía que el vehículo tardara lo suficiente para que cualquiera pudiera llegar a tiempo.
Al llegar al cruce de la calle del Puerto, el conductor encontraba un gentío saludando a ambos lados del camino. Él respondía con orgullo y hacía sonar el claxon, dejando asustados a animales y pastores aledaños. Cuando el coche se perdía cuesta arriba, la gente volvía a sus quehaceres comentando lo milagroso que resultaba que aquello se moviera sin caballos.
Más tarde, los vecinos se acostumbraron a ver de vez en cuando el coche de alguien apellidado Conde Olea, conocido por su suntuoso vehículo.
Mi abuelo Felipe, que trabajaba de zagal en la finca de Arrocampo, tenía una vista privilegiada del Desmonte y veía los coches antes que nadie. Algunos necesitaban ayuda para subir la cuesta, y el copiloto se bajaba a empujar.
Tal vez aquel primer coche que pasó por allí fuera el famoso triciclo Clement matriculado como CC‑1.
PRIMERA AVIONETA EN EL PUEBLO
Antes de la Guerra Civil nadie recordaba haber visto un avión volando. Algunos habían visto fotografías en periódicos, pero nadie imaginaba cómo sería verlo surcar el cielo.
El primero en verlo fue el tío Pelera, mote cuyo origen se ha perdido. Tenía un horno de pan que realmente administraba su mujer, y aquel día andaba el hombre arrancando escobas en una machorra del Ejido (el terreno comunal al otro lado de la sierra) para usarlas como combustible en el horno. Allí escuchó un ruido creciente y, al volverse, vio una avioneta blanca faldeando la sierra a baja altura que se le acercaba. Del susto se tiró al suelo.
Corrió al pueblo diciendo: “¡He visto un pajarraco muy grande que hacía mucho ruido! ¡Mi burrito, se lo habrá comido!” Su hija pequeña, que iba a la escuela, intentó explicarle que sería una avioneta, pero él insistía en que era un pájaro enorme. Del susto y el miedo, estuvo enfermo tres días en la cama. Finalmente le dijeron que ya habían recuperado al burro, que estaba tan tranquilo donde lo había dejado.
Hay que ponerse en la piel de alguien que nunca ha visto un avión y de pronto, sin previo aviso, lo tiene sobrevolando por encima de él a baja altura. No es de extrañar que pensara haber visto un monstruo salido del cielo.

