domingo, 24 de enero de 2021

Duelo al sol


 

Mi abuela María está en la puerta de su casa, sentada al sol en una silla baja de madera deshaciendo una prenda vieja de lana, que luego reutilizará para hacer mantas y alfombras.

-¡Juanito, te vienen a buscar!- grita la abuela.

Qué manía de seguir llamándome Juanito, cuando ya tengo nada menos que quince años, cumplidos en marzo de este año 1977. Mis padres y mis hermanos son los únicos que me llaman ya por mi nombre, como es debido, o sea, Juan. Y porque se lo dijeron en el instituto a mis padres, que dejaran de llamar a sus hijos por el diminutivo. Pero el resto, incluida mi abuela, siguen llamándome Juanito.

Yo estoy dentro de la casa, leyendo un libro, regalo de mi hermana: “Los Cinco y el tesoro de la isla”, de la escritora inglesa Enid Blyton, imaginándome acantilados llenos de barcos expoliados por piratas y cuevas que tienen secretos inexpugnables. Yo mismo me imagino aquí, en Santa Cruz de la Sierra, buscando la cueva del Chabarcón, al final de la Calle del Puerto, la cueva que todo el mundo cuenta que lleva hasta la sierra, a través de galerías que deben guardar tesoros ancestrales.

No sé quién dice mi abuela que viene a buscarme. No conozco mucha gente aquí en el pueblo, al venir solo en el verano. Estoy casi todo el día con mi familia. Por las mañanas leyendo o ayudando en casa, sobre todo trayendo agua del pozo (que es mi principal tarea encomendada) y en el huerto, al otro lado de la calle. Por las tardes voy en el burro con mi abuelo Felipe a ayudar con las faenas cotidianas en la finca del Pozo del Medio. Mi abuelo y yo somos ligeros y podemos ir ambos a lomos del burro, aunque si llevamos una carga extra, uno de los dos ha de ir andando.

Salgo a la luz de la calle y allí está Eleuterio, un vecino de mi edad con el que a veces comparto ratos de charla mientras le acompaño en su trabajo en la finca de su familia, al lado de la casa de mis abuelos. Eleuterio hace una especie de vigas y bloques que luego sirven para las construcciones que hace su familia. Por un lado, están los bloques de hormigón o cemento, de 40x20x20, con más arena que cemento. Por otro lado las viguetillas, con más cemento que arena, con un refuerzo metálico interno de varillas de hierro. Asegura que no las hacen mejores en toda la provincia.

Eleuterio es un chaval afable. Me cuenta unas historias increíbles mientras le acompaño en su trabajo, algunas creo que las exagera un poco, pero igualmente me gusta escucharle, con ese entusiasmo que pone al narrarlas. También me pregunta cosas sobre Madrid. Me extraña que a alguien le resulte interesante Madrid. Para mí lo interesante y novedoso es el pueblo. Madrid es siempre lo mismo.

- ¿En Madrid que hacéis para divertiros?- me preguntó una vez.

- Jugar a la pelota, a las chapas, al escondite, coger bichos en el descampado…

- Vamos, lo mismo que nosotros en el pueblo.

- Pues sí, aunque aquello es más grande, tiene un zoo, un parque de atracciones, un lago…

- O sea, igual que aquí, animales los hay por todos lados, ahí abajo tenemos la laguna… Parque de atracciones, no, mira, aunque la feria viene en las fiestas.

- Una ventaja que tenéis en Santa Cruz es que te puedes ir tu solo a la otra punta del pueblo, que nadie te va a decir nada. En Madrid eso no es posible.

Eleuterio me está esperando, plantado en la calle, al lado de mi abuela, con esa sonrisa tan característica suya. Me hace un gesto con la mano señalando hacia su izquierda, dirección a la calle Real, mientras me dice que nos vamos a la plaza a jugar un partido de fútbol. No me lo está preguntando, me está diciendo que nos vamos, como si hubiéramos quedado en ello antes, aunque estoy seguro de que no. La determinación de Eleuterio no admite un no por respuesta, así que dejo el libro encima de una silla y salimos.

Mi abuela María me pregunta si voy a jugar al “peloto”, que no sé lo que es. Le respondo que no, que voy a jugar al fútbol. -Pues eso, al peloto- argumenta mi abuela. Luego me dice algo de volver antes de no sé qué hora para el almuerzo. Pero no me entero muy bien, la verdad, porque ya Eleuterio me está contando, según nos vamos, que necesitan un jugador para uno de los equipos, que se juntan once, y para ser seis contra seis necesitan uno más.

Según subimos la calle Real, me pregunta si juego al fútbol habitualmente. Le explico que no mucho, que lo mío es el atletismo, que, si la cosa va de correr, entonces no hay problema. Me dice que iré en su equipo entonces, que vaya a molestar corriendo detrás del que tenga el balón, pero que principalmente haré de defensa, que los que peor juegan al fútbol les ponen de portero y defensa. Los buenos están destinados a meter los goles. También me explica que a veces juegan en el campo de fútbol que está más allá del prado, pero que hoy está ocupado y jugamos en la plaza.

Nos cruzamos con una mujer que no conozco, que saluda a Eleuterio y le da un recado para su madre, la Feli. Luego me mira a mí y me hace la pregunta de rigor -¿Y tú de quién eres?- Me lo pregunta torciendo la cabeza y entrecerrando los ojos, como si me estuviera acusando de no ser conocido. Si le contesto por el mote de la familia, me situaría rápidamente. Pero yo, que siempre he tendido a la complejidad, le contesto que mi madre se llama Victoria, a lo que siguen otras preguntas de la mujer intentando averiguar mi origen. Eleuterio, que no está dispuesto a que lleguemos tarde al partido, zanja el tema diciendo: - Es el nieto de tío Pajarino-. A lo que la mujer contesta -¡Coile, hijo de Vitoria, la chuchumira!-. Le intento explicar que querrá decir Victoria Grande, la Pajarina, pero Eleuterio me coge de la camiseta y tira de mí para que nos vayamos, mientras le asiente a la mujer. Luego me explica que si le damos cuerda estaremos ahí hasta la hora de comer.

Antes de llegar a la plaza, aún en la calle Real, un chico algo más alto que nosotros sale de un portalón a la derecha, con un balón de fútbol en la mano. Eleuterio me dice que va a jugar en nuestro equipo y me lo presenta. Es Ángel María, un chaval espigado y sonriente que parece mayor que nosotros dos. Me entero de que es primo de mi cuñado Juan Cillán Avilés (y ahora primo también de mi hermana, pues Juan Cillán y ella se casaron el año pasado).

Al parecer Ángel María es el único que tiene un balón reglamentario y lo utilizan en el partido. Trago saliva, este partido parece que va en serio, con balón profesional y todo. No sé si voy a estar a la altura de las circunstancias. El fútbol no es lo mío, la verdad.

Eleuterio señala el balón que lleva Ángel María en las manos y me dice, sonriendo:

- ¿Ves este balón? Pues míralo bien ahora entero, porque le voy a pegar una patada a portería que lo voy a reventar contra la pared de la iglesia.- Lo dice girando la boca para un lado, un gesto muy propio de Eleuterio cuando suelta una broma, mientras mira a Ángel María a ver cómo reacciona a su provocación.

Ángel María, que ya debe conocer las bromas de Eleuterio, no le responde. Pero le veo el gesto de esconder un poco el balón detrás de las lumbares, como queriéndolo proteger de una eventual patada de Eleuterio.

Llegando a la plaza por la calle Real, no puedo retirar la mirada del paisaje que hay enfrente, con el edificio de los soportales, detrás del cual sobresale la parte alta del convento y, más atrás, la imponente figura de la sierra, con el Risco Chico y el Risco Grande llenándolo todo.

Entramos los tres en la plaza. Es una entrada triunfal, pues los demás chicos que ya nos están esperando miran al balón, ese objeto de culto.

La plaza está cubierta de tierra, pero muy pisada, aunque levanta algo de polvo cuando corres por ella. En los soportales de la iglesia algunos ancianos, sentados en los poyetes y anclados al suelo en su garrota, discuten de si hogaño es algo menos caluroso que otros años, y parece que hay consenso de que así es. Aunque hoy hace un sol de justicia, con su correspondiente bochorno.

En la puerta de entrada al Casino hay un burro y un mulo atados a una argolla, entretenidos en espantar moscas con el rabo mientras esperan a sus dueños. Esto me recuerda a la película del oeste que vimos el otro día aquí mismo en la plaza, en el cine de verano, sentados en la silla que se traía cada uno de casa. En esa película los vaqueros también bajaban de sus cabalgaduras para dejarlas atadas en la puerta de la taberna. Es típico de las películas del oeste. En el mapa de España que tiene mi tía Sagrario como hule en la mesa de su cocina, Extremadura está al oeste de donde yo vivo, Madrid. Por lo tanto, Santa Cruz de la Sierra también es El Oeste.

Un hombre se asoma por una de las ventanas del "Casino", el bar en la plaza cuyo nombre recuerda también al Oeste. Y pese a ese nombre tan rimbombante, no es más que un bareto ubicado en el segundo piso de una casa haciendo esquina con otra plaza contigua. Tiene unas escaleras empinadas para subir. Aquí a las escaleras empinadas las dicen “repentinas”, que es un modismo que me encanta, porque parece que al encontrártelas te fueras a chocar con ellas. Me he preguntado más de una vez como se las arreglará para bajarlas alguien que haya bebido más de la cuenta. En una ocasión entré con mi padre al Casino, buscando a alguien, y mi recuerdo es la neblina generada por el humo del tabaco y la práctica ausencia de mujeres en el establecimiento. Lo que digo, como en las películas del Lejano Oeste.

En la plaza contigua, la que tiene una cruz en el medio, unas gallinas salen corriendo, huidizas, al paso urgente de un perro cabizbajo, que sin embargo las ignora.

En la plaza del pueblo en este momento no hay mucha gente. Como es verano, las cosas ocurren despacio, para no fatigarse. Nada es urgente, esto no es como Madrid, donde andamos siempre con prisa.

Eleuterio me presenta al resto de chavales y tras un reparto lo más equitativo posible entre quienes juegan mejor o peor, los dos equipos quedan conformados como sigue:

EQUIPO 1. Rodri, el Caminero; Juan, el Pajarino; Eleuterio, el Búfalo; Angelito, el Alemán; Angel María, de los Avileses; y Juan Carlos, el Gato.

EQUIPO 2. Antonio Ávila, Joaquinito, Andrés Ventura, Alfonsito, Juan y Fulgencio, estos dos últimos me los presenta como los hermanos Virutas, pues su padre es el carpintero.

Rodri es el portero de nuestro equipo. Como Ángel María, parece mayor que los demás, por lo menos un año más. Quizás son las gafas que lleva. Su mote, Caminero, le viene de su abuelo Rodrigo, que es el caminero del pueblo, esos operarios que en las carreteras o caminos limpian cunetas, arreglan baches, limpian zarzas, etc.

El campo de juego se conforma con unas líneas de fondo y de centro trazadas irregularmente con una piedra arrastrando sobre la tierra. Queda situado entre la iglesia y la fuente, con una portería a la altura de la calle Real y la otra en el lado contrario, quedando la iglesia en un costado. Las porterías son dos piedras equidistantes diez zancadas una de otra. Como la medición la ha hecho uno de nuestros jugadores, creo que la portería del equipo contrario es un poco más grande, o sea de zancadas más generosas.

Desde el principio del partido intento demostrar (a pesar del calor abrasador) que lo mío es correr, no chutar ni pasar, así que como me dijo Eleuterio, intento molestar lo más posible a los contrarios. No parece que sirva para mucho, pues al cabo de un rato encajamos un gol y Rodri se queja de que le han dejado solo, lo que es absolutamente cierto, pues lo que hacemos es ir todos, los diez jugadores de campo, detrás de la pelota todo el tiempo. Eleuterio, que ejerce de capitán oficioso, me pide que me quede atrás, de defensa, para que no se quede solo Rodri.

De ese modo, Rodri y yo descubrimos que somos primos segundos, así, mientras jugamos:

-Pásame la pelota... y tú de quien eres... cuidado con ese que te la quita… pero si los dos tenemos el apellido Grande, a ver si somos familia… anda, pues mi madre se apellida como tú, los mismos apellidos, pero al revés… pásasela a Ángelito, ahora ¡¡¡venga!!!...Gol, gol, gol… Y entonces, repíteme como dices que te llamas, que, seguro que somos primos, le preguntaré a mi madre, a ver si le suena tu nombre y el de tu madre… ¡Cuidado! que sacan la pelota por ese lado… ¿Cómo has dicho que se llamaba tu madre, Vitoria? Mi madre Isabel.

En un momento dado, Ángel le da un pase a Eleuterio, que tendría que pegarse una carrera para cogerla antes que el contrario, pero no lo hace y se la lleva Fulgencio, que monta un contraataque y nos meten un gol. Ángel le echa en cara a Eleuterio que no ha corrido bastante. Éste le responde que la culpa la tiene Ángel María y su balinazo. Yo no entiendo nada, miro hacia Rodri, que me explica que hace un tiempo Ángel María le dio, sin querer, un disparo de un balín en el gemelo de una de sus piernas a Eleuterio. Desde entonces dice que a veces no puede echar a correr porque le duele el balinazo, como ha sido este caso.

Esa es otra cosa que me llama la atención del pueblo. Los chavales van por la calle con la escopeta de balines (llamadas "pajareras"), como si nada. Mi hermano Rufo también tiene una escopeta de balines, con la que se dedican él y sus amigos a disparar a los pájaros. Eso, ir por la calle con una escopeta, sería impensable en Madrid. Pero claro, esto es El Oeste.

El primer tiempo termina con el resultado de empate a dos. Como estamos en agosto y ya metidos en el mediodía, el sol pega fuerte y hace mucho calor, así que nos vamos todos como posesos a beber a la fuente en medio de la plaza, con el busto de don Joaquín mirándonos a través de sus ojos de bronce, arriba, desde la plataforma. Del vaso de la fuente sale un hilo de agua hacia el suelo formando un pequeño regato, cuesta abajo, hasta llegar a la calle Ñuflo de Chaves, donde se pierde.

Como buen madrileño, y además de Vallecas, uso el modismo “tío” para dirigirme al resto de chavales. Se ve que ellos no lo conocen, pues se extrañan mucho que me refiera a ellos así. Ellos usan “chacho” para dirigirse a los otros. Me quitan rápidamente la costumbre de decir “tío” contestándome cada vez – No soy tu tío, sobrino-.

Ya reanudado el partido, en un cierto momento se escucha al fondo un sonido ronco que va aumentando y de pronto llena la plaza. Acaba de entrar por la calle Ñuflo de Chaves “La Viajera”, la camioneta que viene de Trujillo y se adentra en la provincia de Badajoz, parando por todos los pueblos de su recorrido.

Es todo un acontecimiento y además da la vuelta a la fuente para salir de la plaza, entrando dentro del terreno de juego, así que detenemos el partido. Ángel María recoge su pelota, nos ponemos perfectamente alineados viendo la llegada de La Viajera, su parada, su apertura de puertas, el descenso de los viajeros: dos mujeres, tres hombres y un niño. Uno de los hombres pide su maleta. El mozo sale, sube al techo por una escalera trasera desplegable, pregunta cómo es la maleta. -Esa marrón de ahí-. El mozo la baja, la entrega. El viajero suelta un “Andar con Dios” que suena más a “¡Vaya viajecito!”, que a “Gracias caballero”.

Por supuesto, los ancianos del porche de la iglesia han dejado de hablar del tiempo y de las cosechas y miran el espectáculo desplegado por la llegada de La Viajera. Desde las ventanas del Casino también algún curioso observa quiénes son los viajeros, que se dirigen en distintas direcciones a su destino: uno por la plaza de la cruz, otros por la calle donde vive el cura, los otros por la calle Real. La Viajera se aleja dejándolo todo en calma. El terreno de juego queda de nuevo libre.

- ¿Quién tenía la pelota?

- La llevaba yo.

- Chacho, la llevabas tú, pero yo te la había quitado.

- Me la habías quitado porque me puse a mirar a La Viajera.

- Bote neutral y se acabó

Reanudado el partido, Rodri y yo seguimos charlando atrincherados en la parte de atrás de nuestra área: dónde vivimos, ahora y el resto del año, aficiones, etc. Tenemos muchos gustos en común. Quedamos en vernos por la tarde, para trazar un plan de acción para encontrar la cueva del Chabarcón.

El partido termina cuando la madre de uno de los chicos llega a la plaza gritando el nombre de su hijo e instándole a que estuviera en cinco minutos, con las manos lavadas, en la mesa, que ya estaba puesta.

Nuestro equipo ha perdido 3-5. Yo creo que es debido a que Rodri y yo (los de la familia Grande) tenemos poco interés por el fútbol y estábamos más centrados en charlar sobre libros, películas y aventuras durante el partido.

Eleuterio, que, como digo, hacía de capitán, se nos queda mirando fijamente, a unos cinco metros, brazos en jarras, ojos entrecerrados, pidiéndonos explicaciones, como si acabáramos de descender a segunda división. Sonrío y le hago un gesto de perdón, encogiendo los hombros.

Habíamos perdido 3-5, pero en realidad Rodri y yo acabábamos de ganar una amistad muy provechosa.

Vuelvo corriendo la calle Real abajo, para intentar no llegar muy tarde al almuerzo. Mi madre está con mi abuela sacando algo de la alacena y le cuento rápidamente que he conocido a Rodri y me responde que sí, que es mi primo segundo, que su madre Isabel es prima hermana suya.

- ¿Y qué habéis estado haciendo?- me pregunta.

-Jugando al peloto

Mi madre se ríe. -¿Al peloto? Querrás decir al fútbol.

-Pues eso, al peloto ¿verdad abuela?

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Relato basado en hechos reales.

Gracias a Jesús Ávila Grande (Rodri) por la aportación de datos.