lunes, 2 de febrero de 2026

Los primeros vehículos

 

LA PRIMERA BICICLETA

Hoy en día nadie se sorprende al ver pasar una bicicleta o un coche, pero a finales del siglo XIX y comienzos del XX aquellos artefactos eran una auténtica rareza, sobre todo en los pueblos aislados. La bicicleta llegó antes que el automóvil, aunque no se sabe con exactitud cuándo apareció la primera en Extremadura. Mis padres recuerdan cómo sus mayores contaban, casi como leyendas, las primeras veces que alguien vio una.

Una de aquellas historias hablaba de un vecino que llegó corriendo al pueblo, desencajado, asegurando que cerca del Desmonte había visto al “diablo montado en una trébede”. La confusión tenía su lógica: la pieza circular donde se enganchan los pedales recordaba mucho a una trébede de cocina.

Trébede donde se ponía la sartén al fuego para calentar la comida
 

Poco después, otro vecino que había viajado a Trujillo vio una bicicleta más de cerca y volvió al pueblo contándolo con asombro. Decía que aquel hombre iba subido a un artefacto de hierro con dos ruedas y que, dándole patadas a la trébede, avanzaba tan rápido como un caballo. En el pueblo, el diálogo fue algo así:

Iba tan rápido, que del susto al pasarme al lado, me tropecé y abate me caigo
—¿Y cómo se llama ese archiperre?
—Bicicleta.
—¡Vaya nombre! ¿Cibicleta?
—¡No, bruto! Bicicleta.
—Chacho, vaya invento.

Durante buena parte del siglo XIX y las primeras décadas del XX la bicicleta fue un artículo de lujo. No empezó a verse con cierta normalidad hasta ya entrado el siglo, cuando se volvió más asequible.

Escribí un artículo hace años sobre cómo mi padre, a mediados del siglo XX, usó una bicicleta para avisar a unos parientes en la localidad de Campolugar, para que vinieran a segar.

En aquellos tiempos, cuando un ciclista o un coche aparecía por la carretera, los hombres interrumpían la labor que estuvieran haciendo en el campo, dejaban los aperos y se acercaban a la pared que separaba el campo del camino. Allí, con la mano en la frente a modo de visera, saludaban al aventurado conductor, que devolvía el saludo. Cuando el vehículo desaparecía levantando una nube de polvo, todos regresaban sonrientes a sus tareas, felices de haber presenciado algo tan extraordinario.

 

PRIMER COCHE EN EL DESMONTE

Conviene recordar cómo era una “carretera” (lugar donde pasaban los carros de caballos, de ahí su nombre) al inicio del siglo XX: caminos estrechos de tierra, hechos a mano, llenos de baches, piedras pequeñas y regueros abiertos por el agua. En ese contexto, no es de extrañar la impresión que causó ver un automóvil.

La provincia de Cáceres fue sorprendentemente pionera. En noviembre de 1900, en Plasencia, se matriculó el primer coche de la península: un triciclo mecánico Clement con matrícula CC‑1. En una época en la que Madrid no matricularía su primer vehículo hasta 1907, Cáceres ya tenía diez, y ese mismo año se inauguró la primera línea de autobuses de España, entre Cáceres y Trujillo.

Pese a su escasa velocidad, no estaba exento de riesgos el uso de estos automóviles. El abogado cacereño Fernando García Becerra había fallecido en 1904 en un Renault matrícula CC-3, primer muerto en accidente automovilístico en España.

La gasolina se compraba en las farmacias. No existían las gasolineras, pues la demanda era muy pequeña. Los conductores llevaban un recipiente extra amarrado al lateral para no quedarse sin combustible.

Con este contexto, no sorprende la incredulidad que generó en Santa Cruz de la Sierra la noticia de que un vecino había visto un “coche que se movía solo”, sin caballos. Al principio nadie le creyó, pensando que habría bebido. Pero cuando un segundo vecino afirmó haber visto lo mismo, el rumor empezó a tomar fuerza. Dos borrachos pueden ver visiones, pero la misma visión ya es más difícil.

El Desmonte es un alto en la carretera de Trujillo a Miajadas, poco antes de llegar a Santa Cruz de la Sierra. Tras pasar la Dehesa de los Quintos de San Pedro, se llegaba a las fincas de Arrocampo y Monterrey, comenzando ahí una subida mantenida hasta un alto, momento en el que aparecía (y aparece) al fondo a la izquierda el pueblo y sierra de Santa Cruz. Ese punto alto privilegiado es el Desmonte.

Las primeras veces que asomó un coche por aquel alto, la voz corría rápido por el pueblo: “¡Un coche sin caballos en el Desmonte!” Si el cura o algún monaguillo estaban en la iglesia, incluso tocaban las campanas. Los niños eran los primeros en subir corriendo desde el pueblo por la calle del Puerto para verlo pasar. La antigua carretera nacional, que serpenteaba para salvar la pendiente, hacía que el vehículo tardara lo suficiente para que cualquiera pudiera llegar a tiempo.

Al llegar al cruce de la calle del Puerto, el conductor encontraba un gentío saludando a ambos lados del camino. Él respondía con orgullo y hacía sonar el claxon, dejando asustados a animales y pastores aledaños. Cuando el coche se perdía cuesta arriba, la gente volvía a sus quehaceres comentando lo milagroso que resultaba que aquello se moviera sin caballos.

Más tarde, los vecinos se acostumbraron a ver de vez en cuando el coche de alguien apellidado Conde Olea, conocido por su suntuoso vehículo. 

Mi abuelo Felipe, que trabajaba de zagal en la finca de Arrocampo, tenía una vista privilegiada del Desmonte y veía los coches antes que nadie. Algunos necesitaban ayuda para subir la cuesta, y el copiloto se bajaba a empujar.

Tal vez aquel primer coche que pasó por allí fuera el famoso triciclo Clement matriculado como CC‑1.

 

PRIMERA AVIONETA EN EL PUEBLO

Antes de la Guerra Civil nadie recordaba haber visto un avión volando. Algunos habían visto fotografías en periódicos, pero nadie imaginaba cómo sería verlo surcar el cielo.

El primero en verlo fue el tío Pelera, mote cuyo origen se ha perdido. Tenía un horno de pan que realmente administraba su mujer, y aquel día andaba el hombre arrancando escobas en una machorra del Ejido (el terreno comunal al otro lado de la sierra) para usarlas como combustible en el horno. Allí escuchó un ruido creciente y, al volverse, vio una avioneta blanca faldeando la sierra a baja altura que se le acercaba. Del susto se tiró al suelo.

Corrió al pueblo diciendo: “¡He visto un pajarraco muy grande que hacía mucho ruido! ¡Mi burrito, se lo habrá comido!” Su hija pequeña, que iba a la escuela, intentó explicarle que sería una avioneta, pero él insistía en que era un pájaro enorme. Del susto y el miedo, estuvo enfermo tres días en la cama. Finalmente le dijeron que ya habían recuperado al burro, que estaba tan tranquilo donde lo había dejado.

Hay que ponerse en la piel de alguien que nunca ha visto un avión y de pronto, sin previo aviso, lo tiene sobrevolando por encima de él a baja altura. No es de extrañar que pensara haber visto un monstruo salido del cielo.

 


miércoles, 8 de febrero de 2023

La semana de ocho días

 

Felipe el zagal

Una de las cosas que siempre me llamaba la atención en la casa de mis abuelos maternos era la cantidad de calendarios de pared dispersos que había por toda la vivienda. Hasta tres llegué a contar un año, solo en el salón. Reinaba la imperiosa necesidad de tener controlado el tiempo. Recuerdo a mi abuelo Felipe mirándolos y señalando los días con el dedo índice, contando hacia delante -los días que faltaban para algún acontecimiento- o hacia atrás -los días que habían pasado ya desde algún otro acontecimiento-.

Felipe Grande Delgado había nacido en Santa Cruz de la Sierra, Cáceres, en el siglo XIX, concretamente en 1898, el mismo año que nació Federico García Lorca. 1898 fue un año muy revuelto y señalado. España entró en guerra con Estados Unidos. El día 10 de diciembre, cinco días antes de nacer mi abuelo Felipe, España firmaba el Tratado de París, por el que renunciaba a Cuba, Filipinas y Puerto Rico. Se ponía así fin al imperio colonial español, lo que trajo una serie de desastres económicos en el país, que perduraron durante varios años.

En el campo, tan apartados de la política, esos desastres económicos aparentemente no se notaban, aunque indirectamente sí, al subir el precio de las cosas que se compraban, y bajar el precio al que se pagaban las cosechas, los animales o los quesos en el mercado, por poner solo algunos ejemplos.

Es por eso que en la familia de mi abuelo Felipe, una familia humilde dedicada al campo, tuvieron que tomar la determinación de poner a trabajar a todos los hijos que pudieran ser productivos, porque lo que producían Joaquín y Petra, los padres de Felipe (mis bisabuelos), no daba para sustentar decentemente a todos.  

Una mañana de domingo de octubre de 1905, cuando Felipe contaba con tan solo siete años, sus padres le llamaron aparte y le dijeron:

-Tienes que ir de zagal a guardar ovejas con unos serranos al Arrocampo.

Los zagales son pastores jóvenes, que se subordinan a un pastor de mayor edad, aprendiendo de estos el oficio.

Sorprende ahora mismo escuchar que un niño de siete años trabaje, separándole de su familia, en condiciones laborales que hoy serían insostenibles e ilegales. Naturalmente eran otros tiempos, siendo entonces algo completamente normal.

Felipe tenía cinco hermanos. El mayor, José, era un muchacho alto y atractivo. La segunda era Andrea, una chica muy espabilada. A continuación, venía Francisca, una muchacha muy guapa, alta, morena, con el pelo rizado, pero que de pequeña tuvo la desgracia de sufrir un “paralís” (así llamaban en Extremadura a las parálisis parciales de partes del cuerpo) en un pie, que se lo dejó ligeramente torcido, andando de un modo irregular a partir de entonces. Luego venía Felipe, que al contrario que sus hermanos, fue más bajito, al igual que el siguiente, Narciso. Por último, vino Juan, un muchacho rubio y alto que retomó la altura natural de la familia Grande, haciendo honor a su apellido.

La familia de Joaquín, el padre de Felipe, era conocida con el mote de los “Pajarinos”. Este mote le vino dado por el padre de Joaquín (y abuelo de Felipe), Blas, que decidió que a cada una de las familias de sus tres hijos varones nadie les pusiera un mote cualquiera, poniéndoselo él mismo; la de Joaquín, como he dicho, los “Pajarinos” las otras dos familias las llamó los “Canetes” y los “Picatanes”. Por lo tanto, mi abuelo Felipe heredó el mote de “Pajarino”. De ahí que, cuando en el pueblo me preguntaba la gente quiénes eran mis padres y yo les respondía, me decían “Ah, eres nieto de tío Pajarino”.

La marcha al Arrocampo

La noche antes de marchar desde su casa a Arrocampo, una enorme finca camino a Trujillo, a Felipe le costó dormir. Con sus siete años, nunca había tomado una responsabilidad así, ni había ido muy lejos del pueblo. Le venían a la mente un buen número de preguntas. La más importante era ¿el serrano le daría bien de comer? No eran pocas las penas que se pasaba en aquellos tiempos en las familias humildes para comer adecuadamente, así que esta era la principal inquietud, si bien sus padres le habían asegurado que alimento no le iba a faltar. Pero también le venían otras preguntas: ¿Echaría de menos a sus padres y sus hermanos? ¿Habría en la finca perros tan obedientes como el suyo? ¿Tendría animales a su cargo? ¿Los paisajes se parecerían? ¿Haría más frío en el Arrocampo? ¿Y si se ponía malo?

De tantas preguntas sin respuesta, se le hizo muy tarde y tardó en vencerle el sueño. De ahí que cuando le despertara su madre, estuviera haragán.

- Agila Felipe, que te vas hoy al Arrocampo- le dijo su madre Petra, levantándole el cobertó de lana.

Mientras desayunaban unas migas[1] y un poco de café[2], que era el lujo que se daban para desayunar los domingos, Joaquín le explicaba a su hijo por donde iba a llevarle a la finca.

- Tenemos que ir tol rato hacia el norte y poniente. Si ves que en algún momento no está tu sombra frente a ti, que la sombra se te ha ido pa otro lado, es que nos hemos desviado. – le dijo su padre Joaquín con un ápice de sorna, pero con intención también de enseñarle a orientarse. - Primero tenemos que tirar hacia el Pozo del Medio -un punto emblemático de la calleja que lleva hacia Trujillo-, seguiremos por él y al pasar las cercas de la Dehesa la Zorrera, verás que sale un camino a la izquierda.

- Hasta ahí lo conozco, padre… ¿Ese no es el camino que lleva a un alto?

- ¡Qué buen mozo! Asina[3], ese alto es el Desmonte…

- ¿El Desmonte no es lo que se ve dendel Convento, yendo pa Trujillo?

- Claro. Pues ende allí lo alto veremos dos fincas, a poniente. Una enfrente de ti, un poco a la izquierda, que es la de los Labraos. Más a la derecha, un poco más pallá, verás otra finca. Pues nada más pasar un arroyo, tiramos por una trocha[4], y llegamos al cortijo del Arrocampo. No tiene pérdida.

- ¿Y cuánto nos llevará llegar?

- Debe haber como una legua[5]. Si vamos ligeros, será como ir de la casa al Ejido, ir y volver. No te puedo decir cuánto tiempo será, porque ya sabes que cuando te alejas del pueblo dejan de oírse las campanas que dan las horas.[6]

- Pos nos pa tanto. ¿Y no puedo venirme tos los días a casa a dormir?

- No, Felipillo, tienes que ayudar por la mañana al alba a sacar las ovejas y lo que sea menester, y pa eso tienes que estar allí. Te vendrás los domingos por la mañana a mudarte y pasar un rato. A la tarde del domingo te vuelves otra vez al Arrocampo, hasta el otro domingo. Y así hasta que dios quiera.

La mañana era tranquila, una mañana de primeros días de otoño, de las que el cielo parece que comienza a crear una tormenta, pero a la mitad de la creación se aburre y quedan solo unas nubes parduzcas que se recortaban allá en lo alto del Desmonte, una loma que a los ojos de un niño es como una altísima montaña.

El camino estaba bastante concurrido, para lo que vemos hoy en día. Aldeanos que iban por el camino a Trujillo o a sus fincas de labor. Hay que darse cuenta de que en aquella época vivían en Santa Cruz de la Sierra alrededor de 800 personas, frente a las 320 que hay registradas en la actualidad. Y que entonces la labor en el campo era muy habitual.

En el Pozo del Medio pararon a beber un poco. Es este un enclave donde hay un manantial público, un pozo con brocal bajo y agua a ras de terreno, de los que hay que echar el pecho al suelo si se quiere beber a morro directamente del agua, sin necesidad alguna de cubo. Apartó Felipe unas ramas que flotaban y cogió con la palma unas cuantas cuencas de agua fresca, que le sentaron fenomenal.

Este entorno no era un lugar seguro para los niños, es por eso por lo que Joaquín estuvo atento a su hijo. Poco sabía Felipe que, pocos años después, durante una crecida tras una monumental tormenta, uno de sus primos, de la familia de los Picatanes, moriría allí tras la crecida. El muchacho había ido a alimentar a una vaca.

El camino se iba estrechando a medida que Joaquín y Felipe avanzaban hacia el Desmonte, pues la maleza se hacía con los bordes de las paredes de piedra. Todo estaba aún amarillo, castigado por los rigores del verano, pero la temperatura de principios de octubre ya era más soportable que la de meses atrás.

Para Felipe, el recorrido a partir de ahí era una aventura, algo desconocido. Acostumbrado a ver siempre los mismos campos, piedras, sembrados y animales, ver territorio nuevo era excitante.

Llegando al Desmonte, el corazón le latía con fuerza, de la subida y de la emoción por divisar la vista que desde allí arriba se le ofrecía. No le defraudó. Miró Felipe al sur, a la imponente vista que desde allí había de su pueblo, Santa Cruz de la Sierra. Y de la Sierra que nacía de este: majestuosa, larga, alta, interminable, llenándolo todo. Las ruinas del convento de los Agustinos, en la parte alta del pueblo, parecían más solemnes desde el Desmonte, y sus muros más altos.

Cruzaron el camino que venía serpenteando desde el cruce de Santa Cruz. Es por donde pasaban los carros que iban a Trujillo. Por eso lo llamaban la “carretera”. Su padre decía que, de seguirlo, te llevaba por el norte nada menos que a Madrid, la capital de España, y por el sur a Lisboa, la capital de Portugal. Para llegar a ambos, eso sí, le habían enseñado que hacía falta varias jornadas a caballo, pues distaba muchas leguas de allí. Se sintió importante de estar en un lugar tan emblemático.

Ha de observar el lector que por este camino del que estamos hablando hoy en día pasa la autovía A-5, Madrid-Lisboa, que en aquel entonces era una estrecha pista de tierra con la significancia de que tenía algunos rollos, o piedras de cierto tamaño y de forma redondeada, embutidos a ras de suelo y algunas piedrecillas, todo ello para darle más consistencia y que los carros no se hundieran cuando se formara mucho barro. Tampoco subía la carretera entonces en una práctica línea recta, como hace ahora la autovía o como, casi, hacía la antigua N-V (de la que aún quedan tramos como vía de servicio), sino que este camino de principios del siglo XX subía en forma de zetas, para salvar el desnivel de una forma asequible para los caballos, mulos o burros y las yuntas que tiraban de los carros.

Por allí pasaban también los coches de caballos que iban hacia Don Benito, Badajoz o incluso Portugal. En ese 1905 ya había pasado algún coche sin caballos (los primeros automóviles). Pero esto bien merece en sí mismo otro relato aparte.

Una vez recuperó el resuello, avanzaron a otra loma ligeramente más alta, que se encontraba delante. Desde allí veía enfrente, al poniente, es decir, al oeste, amplios campos marrones y amarillos, con puntitos blancos y pardos diseminados aquí y allá. Los puntitos pardos eran las vacas que había a su izquierda en la finca Magasquilla, y algo más enfrente en Los Labrados. Los puntos blancos eran las ovejas que había a la derecha en el Arrocampo. Esas ovejas que estaba a punto de conocer y de pastorear él mismo.

Bajaron campo a través la suave pendiente que llevaba al arroyo Fontanilla, que nacía en Magasquilla, sin apenas agua, reconocible solo por algunos pequeños charcos en su recorrido, y de ahí a la finca del Arrocampo.

Una vez en la finca, al pequeño Felipe le presentaron al serrano que se haría cargo de él. Este era un hombre curtido, risueño y bonachón; un hombre que se apoyaba en un cayado del que no se separaba: era su tercera pata y su tercer brazo. A Felipe le gustaba el sombrero del serrano, un sombrero de ala corta, la suficiente para taparle la cara durante el sol de mediodía, y embutido hasta el mismo entrecejo para mirar a las ovejas, incluso durante las primeras y últimas horas del día de sol cegador. Felipe, que gastaba la característica boina negra, (en aquella época niños y adultos acostumbraban a llevar boina), aspiraba, algún día, a tener un sombrero como ése, parecido al que también usaba su abuelo Blas.

Los serranos venían de Ávila, a pasar en el Arrocampo los rigores del invierno, estación que en la serranía de Ávila era muy dura por el frío y la nieve. Les arrendaban las tierras por unos meses, hasta que podían volver en el verano con el ganado a su tierra. De tantos años practicando la trashumancia, habían adquirido algunos hábitos, e incluso habla, característicos extremeños, como así les pasaba también a los extremeños que iban en verano al norte con su ganado buscando los pastos que el suelo extremeño les negaba con los calores y la falta de agua estival.

Joaquín se volvió dejando allí a Felipe, que no lloró, que recordó las palabras de su madre: “Eres ya un hombrecino, y los hombrecinos no lloran. Además, nos veremos cada domingo, que vendrás a mudarte, jugarás un rato con tus hermanos y almorzarás con nosotros antes de volverte.” Puede también sorprender escuchar que la muda fuera cada semana, pero eran otros tiempos. Suerte quien podía mudarse, pues había quien ni siquiera tenía muda y, por lo tanto, solo podía lavar la ropa metiéndose con ella en el agua.

La vida con el serrano

El serrano le trataba muy bien. Le daba bien de comer. Por las noches, sentados a la luz de la lumbre, le hablaba de sus tierras abulenses:

- De donde yo vengo hay ríos tan profundos que no se pueden pasar a pie ni a caballo. Algunos son tan anchos que incluso cuesta reconocer a alguien que esté en la otra orilla.

- ¿Y cómo hacen pa cruzarlos?

- Hay que buscar un puente, a veces hay que recorrer varias leguas hasta que encuentras uno.

- ¿Por qué les llaman a ustedes serranos?

- Serrano viene de sierra. Y nosotros venimos de las sierras más hermosas que jamás haya visto.

- No creo que sea más hermosa que la sierra de mi pueblo…

- La sierra de tu pueblo es muy bonita, Felipe, pero es muy pequeñina al lado de aquéllas. Hay una sierra en Ávila, llamada Gredos, en la que hay montañas tan altas que se tarda todo un día en subirlas, y si consigues llegar al pico más alto, el Almanzor lo llaman, parece que puedes tocar el cielo. La nieve en la cumbre aguanta hasta bien entrado el verano. Los pueblos y las lagunas que se ven abajo parecen muy chiquininos.

- ¿Usted ha estado en el Almanazor ese?

- En el Almanzor. No, ¿que se me ha perdido allí a mí? – le contestó con una risotada. – Chico frío hace en esas cumbres tan altas.[7]

- ¿Y hay también vacas, cabras y ovejas en esas sierras?

- Allí la hierba está verde incluso en verano, así que los animales están siempre hermosos. Y sí, hay muchos. Pero el invierno es muy duro, hace mucho frío y hay mucha nieve. Hay tanta nieve en las cumbres, que si intentas andar se te mete toda la pierna dentro de ella.

Felipe ponía los ojos como platos escuchando todo aquello y se moría de ganas de contárselo a sus hermanos.

El serrano, además de alimento, le daba a Felipe una Perra Gorda a la semana.[8]

Desde algunas partes de la finca del Arrocampo se veía algo apartada la carretera que iba a Trujillo. Su madre Petra iba cada cierto tiempo a hacer labores a Trujillo, en un carro de alguien que tuviera que acercarse a esta importante ciudad. Felipe miraba desde lejos los carros que pasaban e imaginaba que en ése podía ir su madre, pero desde esa distancia no distinguía a las personas, solo el lento bambolear del carro avanzando.

Dormían en un pajar cercano al cortijo, donde le habían habilitado una cama que consistía en una manta de trapo, debajo de la cual había unos cuantos trozos de lana y de paja.

- ¿Cómo se las apañaba para hacer todo esto antes de venir yo?

- Pues haciéndolo, una cosa detrás de otra. - decía el serrano sonriendo de la ocurrencia de Felipe.

- ¿Entonces pa qué me necesita, si pue aviarse[9] usté solo?

- Ende luego no tienes pelos en la lengua, zagal. Pues verás, primero porque ya voy siendo más viejino y me cuesta terminar las faenas por mi cuenta. Además, mientras yo tengo que ir a Ibahernando a por víveres o a vender quesos a Trujillo, el ganado así se queda atendido por ti. O cuando tengo que ordeñar a las ovejas, si tú no me apartas a los borregos y los llevas aparte, a ver cómo me las arreglo. Y también porque me haces compañía. Estar tanto tiempo solo se hace muy cansino.

Pero aun siendo el serrano muy buena persona, Felipe se aburría, se le hacían larguísimos los días. Acostumbrado como estaba a jugar con sus hermanos, sobre todo con su hermano Narciso, ahora la única compañía en todo el día era el serrano, que no estaba por la labor de jugar a juegos de niños con Felipe. Esa falta de entretenimiento alargaba tremendamente los días, como si tuvieran bastante más de 24 horas.

La muda

Un día de la primera semana, Felipe le soltó al serrano:

- Patrón, me tengo que ir a mi casa.

- ¿Cómo es eso?

- Es que me dijeron mis padres que me fuera a mudarme los domingos.

- Chacho, si hoy es jueves. Mucho quieres tú que corran los días.

- ¿Mañana es domingo, entonces?

- No, mañana es viernes, luego viene el sábado y después el domingo, que ya te puedes ir a mudar.

“Este hombre a mí me está engañando, no puede ser que no sea domingo ya”, pensaba para sus adentros Felipe.

Llegó el domingo y Felipe se fue a su casa. Al llegar al pueblo y ver a su madre Petra de lejos, se alegró tanto que hizo los últimos metros a la carrera, para que el tiempo en casa fuera lo más largo posible.

- Felipillo ¿Qué tal te trata el serrano?

- ¡Me da poco bien de comer![10] Me da unos trozos poco grandes de pan y de tocino… y hasta de jamón. Pero yo creo que me hace estar más días. ¿Hoy es domingo?

- Claro hijo, hoy es domingo- sonreía su madre.

Estuvo un rato jugando con su hermano Narciso y, durante el almuerzo, estuvo contándoles a todos las historias del Serrano, con ímpetu de aventurero.

- Felipe ¿no estás exagerando una mijina[11] lo que te ha contado el serrano? – le decía su hermano José, el mayor.

- No, José, es cómo te lo cuento. – le respondía Felipe molesto y poniendo los brazos en jarras.

- ¡Cómo te va a dar jamón para comer! Eso es solo para los señoritos, las parturientas y los enfermos.

- Pues me da algún trocino de jamón de vez en cuando, como si yo fuera un señorito, porque ni parturienta ni enfermo soy. – se burlaba Felipe de su hermano mayor

Los palos en la hornilla

Ese día se fue de vuelta al Arrocampo en el burro con unos hombres que iban a arar a Los Quintos, una aldea cercana.

Llegó firmemente resuelto a que no le engañara el serrano, haciéndole quedarse más días de los debidos.

El pajar en el que dormían tenía unas hornillas, unos huecos en la pared, donde iban colocados los maderos que hacían de sustento de paredes y techo. En una hornilla vacía, cercana a su camastro, ponía al acostarse un pequeño palito por cada día que pasaba en la finca.

El problema es que a Felipe nadie le había enseñado a contar, así que se llevaba los palitos que se habían acumulado durante toda la semana en el bolsillo y se los enseñaba a sus padres, para que le dijeran si eran tantos como días de la semana.

- Si, Felipe, el hombre no te está engañando. Son siete palitos. Y siete son los días de la semana. – Le decía su madre Petra.

- ¿Después del siete cual va?

- El ocho

- Pues las semanas se me hacen tan largas, que paice que tengan ocho días.

La siguiente semana, Felipe siguió con el mismo procedimiento de meter palitos en la hornilla. Como viera un día que, en un vistazo rápido a los palitos, parecía que ya había la misma cantidad aproximada de la semana anterior, convencido de que era domingo -o más bien deseoso de que lo fuera-, cogió lo que necesitaba y se preparó para irse.

- Zagal, ¿dónde vas?

- A mi casa, que ya es domingo.

- ¡Qué domingo, si hoy es sábado! Anda, vete a dar una vuelta a las ovejas. Y toma un trozo de tasajo[12], para que se te pase el disgusto por no ser aún domingo- dijo benevolente el serrano.

“Este hombre me está engañando” se decía para sus adentros Felipe, con gesto todo morrúo, mientras masticaba el tasajo.

Sin embargo, cuando llevaba los palitos a casa, de nuevo le volvían a asegurar que tenía tantos como días de la semana. Ni más ni menos.

Ni que decir tiene que en aquella época no había calendarios en los pueblos, ni nada que se le pareciera.

- Dile al serrano que te enseñe a contar y a leer, que los serranos son muy listos y se dan buena maña en eso y allí vais a tener tiempo para ello. Así aprendes a contar los días. No son pocos los mozos del pueblo que han aprendido a leer y escribir con los serranos.

Y así fue, el serrano acabó enseñándole a contar, e incluso las primeras letras, base de lo que iría poco a poco aprendiendo más adelante, pues en aquella época en pueblos como Santa Cruz no había escuela, ni maestros.

Una vez contado este episodio, se entenderá el cariño que tenía mi abuelo Felipe por los calendarios, una vez que estos comenzaron a llegar al pueblo.

Y, por eso, en la casa donde yo pasaba los veranos en Santa Cruz de la Sierra, la casa de mis abuelos Felipe y María, había varios calendarios de pared. En uno de ellos, el de la empresa de piensos, que tenía unas letras y números inmensos, recuerdo a mi abuelo Felipe, ya con sesenta y bastantes años, tras cenar y escuchar el parte en la radio, coger el lápiz y tachar con insistencia el día que estaba terminando. Y luego contar con la mirada los días que quedaban para el domingo. El bendito domingo.



[1] Plato elaborado principalmente con pedazos de la miga de pan tostado acompañados de carnes (cuando la había) y verduras picadas, típico en los desayunos extremeños de la época por su fuerte poder calórico, para tomar fuerzas frente a la intensa tarea rural. Sin embargo no se tomaba todos los días, pues escaseaba el aceite necesario para tostar las migas de pan.

[2] El café, tras la pérdida de la colonia de Cuba, durante un tiempo fue un bien escaso, siendo sustituido por extracto de achicorias, que hoy en día está reconocido como un fabuloso alimento con una amplia variedad de cualidades, que entonces no se conocían.

[3] En extremeño se usa esta palabra para decir “así es”

[4] Vereda o camino angosto y escusado, o que sirve de atajo para ir a una parte

[5] En aquella época en los pueblos las distancias largas se medían por leguas. Una legua equivale a unos cinco kilómetros

[6] Olga decir que en aquel entonces prácticamente nadie en el pueblo tenía reloj y el único control de las horas era mirando la posición del sol y el sonido de las campanas indicando las horas, aparte de otras argucias cotidianas.

[7] La palabra “chico”, para quien no esté habituado al hablar extremeño y de otras regiones, se utiliza con frecuencia en lugar de “mucho”

[8] Para aquellos que no han vivido aquella época o no hayan oído hablar de ello, cabe explicar que una Perra Gorda es como se denominaba a la moneda de diez céntimos de peseta. Al parecer el nombre de Perra Gorda venía dado porque en el reverso de la moneda había un león un tanto extraño, al que se confundía con un perro cuando la moneda estaba desgastada. La perra chica era, por lo tanto, la moneda de cinco céntimos, más pequeña que la anterior.

[9] Arreglárselas

[10] Para quien no esté habituado al hablar extremeño, en este caso “poco” significa “muy”

[11] Mijina, o mihina, sería el diminutivo extremeñizado de miaja. Lo podríamos traducir como “un poquino”, usándose tanto para cantidad como para tiempo: “Espérate una mijina, que aún no estoy listo”.

[12] Trozo de carne seca ahumada a la leña, generalmente de cabra o vacuno, muy habitual entre los serranos.