Felipe el zagal
Una de las cosas que siempre me
llamaba la atención en la casa de mis abuelos maternos era la cantidad de
calendarios de pared dispersos que había por toda la vivienda. Hasta tres
llegué a contar un año, solo en el salón. Reinaba la imperiosa necesidad de
tener controlado el tiempo. Recuerdo a mi abuelo Felipe mirándolos y señalando
los días con el dedo índice, contando hacia delante -los días que faltaban para
algún acontecimiento- o hacia atrás -los días que habían pasado ya desde algún
otro acontecimiento-.
Felipe Grande Delgado había
nacido en Santa Cruz de la Sierra, Cáceres, en el siglo XIX, concretamente en
1898, el mismo año que nació Federico García Lorca. 1898 fue un año muy revuelto
y señalado. España entró en guerra con Estados Unidos. El día 10 de diciembre,
cinco días antes de nacer mi abuelo Felipe, España firmaba el Tratado de París,
por el que renunciaba a Cuba, Filipinas y Puerto Rico. Se ponía así fin al
imperio colonial español, lo que trajo una serie de desastres económicos en el
país, que perduraron durante varios años.
En el campo, tan apartados de la
política, esos desastres económicos aparentemente no se notaban, aunque
indirectamente sí, al subir el precio de las cosas que se compraban, y bajar el
precio al que se pagaban las cosechas, los animales o los quesos en el mercado,
por poner solo algunos ejemplos.
Es por eso que en la familia de
mi abuelo Felipe, una familia humilde dedicada al campo, tuvieron que tomar la
determinación de poner a trabajar a todos los hijos que pudieran ser
productivos, porque lo que producían Joaquín y Petra, los padres de Felipe (mis
bisabuelos), no daba para sustentar decentemente a todos.
Una mañana de domingo de octubre
de 1905, cuando Felipe contaba con tan solo siete años, sus padres le llamaron
aparte y le dijeron:
-Tienes que ir de zagal a guardar ovejas con unos serranos al Arrocampo.
Los zagales son pastores
jóvenes, que se subordinan a un pastor de mayor edad, aprendiendo de estos el
oficio.
Sorprende ahora mismo escuchar
que un niño de siete años trabaje, separándole de su familia, en condiciones
laborales que hoy serían insostenibles e ilegales. Naturalmente eran otros
tiempos, siendo entonces algo completamente normal.
Felipe tenía cinco hermanos. El
mayor, José, era un muchacho alto y atractivo. La segunda era Andrea, una chica
muy espabilada. A continuación, venía Francisca, una muchacha muy guapa, alta,
morena, con el pelo rizado, pero que de pequeña tuvo la desgracia de sufrir un
“paralís” (así llamaban en Extremadura a las parálisis parciales de partes del
cuerpo) en un pie, que se lo dejó ligeramente torcido, andando de un modo
irregular a partir de entonces. Luego venía Felipe, que al contrario que sus
hermanos, fue más bajito, al igual que el siguiente, Narciso. Por último, vino
Juan, un muchacho rubio y alto que retomó la altura natural de la familia Grande,
haciendo honor a su apellido.
La familia de Joaquín, el padre
de Felipe, era conocida con el mote de los “Pajarinos”. Este mote le vino dado
por el padre de Joaquín (y abuelo de Felipe), Blas, que decidió que a cada una
de las familias de sus tres hijos varones nadie les pusiera un mote cualquiera,
poniéndoselo él mismo; la de Joaquín, como he dicho, los “Pajarinos” las otras
dos familias las llamó los “Canetes” y los “Picatanes”. Por lo tanto, mi abuelo
Felipe heredó el mote de “Pajarino”. De ahí que, cuando en el pueblo me
preguntaba la gente quiénes eran mis padres y yo les respondía, me decían “Ah,
eres nieto de tío Pajarino”.
La marcha al Arrocampo
La noche antes de marchar desde
su casa a Arrocampo, una enorme finca camino a Trujillo, a Felipe le costó
dormir. Con sus siete años, nunca había tomado una responsabilidad así, ni
había ido muy lejos del pueblo. Le venían a la mente un buen número de
preguntas. La más importante era ¿el serrano le daría bien de comer? No eran
pocas las penas que se pasaba en aquellos tiempos en las familias humildes para
comer adecuadamente, así que esta era la principal inquietud, si bien sus
padres le habían asegurado que alimento no le iba a faltar. Pero también le
venían otras preguntas: ¿Echaría de menos a sus padres y sus hermanos? ¿Habría
en la finca perros tan obedientes como el suyo? ¿Tendría animales a su cargo? ¿Los
paisajes se parecerían? ¿Haría más frío en el Arrocampo? ¿Y si se ponía malo?
De tantas preguntas sin
respuesta, se le hizo muy tarde y tardó en vencerle el sueño. De ahí que cuando
le despertara su madre, estuviera haragán.
- Agila
Felipe, que te vas hoy al Arrocampo- le dijo su madre Petra, levantándole el cobertó
de lana.
Mientras desayunaban unas migas y un poco de café, que era el lujo que se daban
para desayunar los domingos, Joaquín le explicaba a su hijo por donde iba a
llevarle a la finca.
- Tenemos que ir tol rato hacia el norte y poniente. Si ves que
en algún momento no está tu sombra frente a ti, que la sombra se te ha ido pa
otro lado, es que nos hemos desviado. – le dijo su padre Joaquín con un ápice
de sorna, pero con intención también de enseñarle a orientarse. - Primero tenemos
que tirar hacia el Pozo del Medio -un punto emblemático de la calleja que
lleva hacia Trujillo-, seguiremos por él y al pasar las cercas de la Dehesa
la Zorrera, verás que sale un camino a la izquierda.
- Hasta ahí lo conozco, padre… ¿Ese no es el camino que lleva a un alto?
- ¡Qué buen mozo! Asina,
ese alto es el Desmonte…
- ¿El Desmonte no es lo que se ve dendel Convento, yendo pa
Trujillo?
- Claro. Pues ende allí lo alto veremos dos fincas, a poniente. Una
enfrente de ti, un poco a la izquierda, que es la de los Labraos. Más a
la derecha, un poco más pallá, verás otra finca. Pues nada más pasar un
arroyo, tiramos por una trocha, y llegamos al cortijo del
Arrocampo. No tiene pérdida.
- ¿Y cuánto nos llevará llegar?
- Debe haber como una legua. Si vamos ligeros, será como
ir de la casa al Ejido, ir y volver. No te puedo decir cuánto tiempo será,
porque ya sabes que cuando te alejas del pueblo dejan de oírse las campanas que
dan las horas.
- Pos nos
pa tanto. ¿Y no puedo venirme tos los días a casa a dormir?
- No, Felipillo, tienes que ayudar por la mañana al alba a sacar las
ovejas y lo que sea menester, y pa eso tienes que estar allí. Te vendrás
los domingos por la mañana a mudarte y pasar un rato. A la tarde del domingo te
vuelves otra vez al Arrocampo, hasta el otro domingo. Y así hasta que dios
quiera.
La mañana era tranquila, una mañana
de primeros días de otoño, de las que el cielo parece que comienza a crear una
tormenta, pero a la mitad de la creación se aburre y quedan solo unas nubes
parduzcas que se recortaban allá en lo alto del Desmonte, una loma que a los
ojos de un niño es como una altísima montaña.
El camino estaba bastante
concurrido, para lo que vemos hoy en día. Aldeanos que iban por el camino a
Trujillo o a sus fincas de labor. Hay que darse cuenta de que en aquella época
vivían en Santa Cruz de la Sierra alrededor de 800 personas, frente a las 320
que hay registradas en la actualidad. Y que entonces la labor en el campo era muy habitual.
En el Pozo del Medio pararon a
beber un poco. Es este un enclave donde hay un manantial público, un pozo con
brocal bajo y agua a ras de terreno, de los que hay que echar el pecho al suelo
si se quiere beber a morro directamente del agua, sin necesidad alguna de cubo.
Apartó Felipe unas ramas que flotaban y cogió con la palma unas cuantas cuencas
de agua fresca, que le sentaron fenomenal.
Este entorno no era un lugar
seguro para los niños, es por eso por lo que Joaquín estuvo atento a su hijo.
Poco sabía Felipe que, pocos años después, durante una crecida tras una
monumental tormenta, uno de sus primos, de la familia de los Picatanes, moriría
allí tras la crecida. El muchacho había ido a alimentar a una vaca.
El camino se iba estrechando a
medida que Joaquín y Felipe avanzaban hacia el Desmonte, pues la maleza se
hacía con los bordes de las paredes de piedra. Todo estaba aún amarillo,
castigado por los rigores del verano, pero la temperatura de principios de
octubre ya era más soportable que la de meses atrás.
Para Felipe, el recorrido a
partir de ahí era una aventura, algo desconocido. Acostumbrado a ver siempre
los mismos campos, piedras, sembrados y animales, ver territorio nuevo era excitante.
Llegando al Desmonte, el corazón
le latía con fuerza, de la subida y de la emoción por divisar la vista que
desde allí arriba se le ofrecía. No le defraudó. Miró Felipe al sur, a la
imponente vista que desde allí había de su pueblo, Santa Cruz de la Sierra. Y
de la Sierra que nacía de este: majestuosa, larga, alta, interminable,
llenándolo todo. Las ruinas del convento de los Agustinos, en la parte alta del pueblo, parecían
más solemnes desde el Desmonte, y sus muros más altos.
Cruzaron el camino que venía
serpenteando desde el cruce de Santa Cruz. Es por donde pasaban los carros que iban
a Trujillo. Por eso lo llamaban la “carretera”. Su padre decía que, de
seguirlo, te llevaba por el norte nada menos que a Madrid, la capital de
España, y por el sur a Lisboa, la capital de Portugal. Para llegar a ambos, eso
sí, le habían enseñado que hacía falta varias jornadas a caballo, pues distaba
muchas leguas de allí. Se sintió importante de estar en un lugar tan
emblemático.
Ha de observar el lector que por
este camino del que estamos hablando hoy en día pasa la autovía A-5,
Madrid-Lisboa, que en aquel entonces era una estrecha pista de tierra con la
significancia de que tenía algunos rollos, o piedras de cierto tamaño y de
forma redondeada, embutidos a ras de suelo y algunas piedrecillas, todo ello para
darle más consistencia y que los carros no se hundieran cuando se formara mucho
barro. Tampoco subía la carretera entonces en una práctica línea recta, como
hace ahora la autovía o como, casi, hacía la antigua N-V (de la que aún quedan
tramos como vía de servicio), sino que este camino de principios del siglo XX subía en forma de zetas, para salvar el desnivel
de una forma asequible para los caballos, mulos o burros y las yuntas que tiraban
de los carros.
Por allí pasaban también los
coches de caballos que iban hacia Don Benito, Badajoz o incluso Portugal. En
ese 1905 ya había pasado algún coche sin caballos (los primeros automóviles).
Pero esto bien merece en sí mismo otro relato aparte.
Una vez recuperó el resuello, avanzaron
a otra loma ligeramente más alta, que se encontraba delante. Desde allí veía
enfrente, al poniente, es decir, al oeste, amplios campos marrones y amarillos,
con puntitos blancos y pardos diseminados aquí y allá. Los puntitos pardos eran
las vacas que había a su izquierda en la finca Magasquilla, y algo más enfrente
en Los Labrados. Los puntos blancos eran las ovejas que había a la derecha en
el Arrocampo. Esas ovejas que estaba a punto de conocer y de pastorear él
mismo.
Bajaron campo a través la suave
pendiente que llevaba al arroyo Fontanilla, que nacía en Magasquilla, sin
apenas agua, reconocible solo por algunos pequeños charcos en su recorrido, y
de ahí a la finca del Arrocampo.
Una vez en la finca, al
pequeño Felipe le presentaron al serrano que se haría cargo de él. Este era un
hombre curtido, risueño y bonachón; un hombre que se apoyaba en un cayado del
que no se separaba: era su tercera pata y su tercer brazo. A Felipe le gustaba
el sombrero del serrano, un sombrero de ala corta, la suficiente para taparle
la cara durante el sol de mediodía, y embutido hasta el mismo entrecejo para
mirar a las ovejas, incluso durante las primeras y últimas horas del día de sol
cegador. Felipe, que gastaba la característica boina negra, (en aquella época
niños y adultos acostumbraban a llevar boina), aspiraba, algún día, a tener un
sombrero como ése, parecido al que también usaba su abuelo Blas.
Los serranos venían de Ávila, a
pasar en el Arrocampo los rigores del invierno, estación que en la serranía de
Ávila era muy dura por el frío y la nieve. Les arrendaban las tierras por unos
meses, hasta que podían volver en el verano con el ganado a su tierra. De
tantos años practicando la trashumancia, habían adquirido algunos hábitos, e
incluso habla, característicos extremeños, como así les pasaba también a los
extremeños que iban en verano al norte con su ganado buscando los pastos que el
suelo extremeño les negaba con los calores y la falta de agua estival.
Joaquín se volvió dejando allí a
Felipe, que no lloró, que recordó las palabras de su madre: “Eres ya un
hombrecino, y los hombrecinos no lloran. Además, nos veremos cada domingo, que
vendrás a mudarte, jugarás un rato con tus hermanos y almorzarás con nosotros
antes de volverte.” Puede también sorprender escuchar que la muda fuera cada
semana, pero eran otros tiempos. Suerte quien podía mudarse, pues había quien
ni siquiera tenía muda y, por lo tanto, solo podía lavar la ropa metiéndose con
ella en el agua.
La vida con el serrano
El serrano le trataba muy bien.
Le daba bien de comer. Por las noches, sentados a la luz de la lumbre, le hablaba
de sus tierras abulenses:
- De donde yo vengo hay ríos tan profundos que no se pueden pasar a pie
ni a caballo. Algunos son tan anchos que incluso cuesta reconocer a alguien que
esté en la otra orilla.
- ¿Y cómo hacen pa cruzarlos?
- Hay que buscar un puente, a veces hay que recorrer varias leguas hasta
que encuentras uno.
- ¿Por qué les llaman a ustedes
serranos?
- Serrano viene de sierra. Y
nosotros venimos de las sierras más hermosas que jamás haya visto.
- No creo que sea más hermosa que
la sierra de mi pueblo…
- La sierra de tu pueblo es muy
bonita, Felipe, pero es muy pequeñina al lado de aquéllas. Hay una sierra en
Ávila, llamada Gredos, en la que hay montañas tan altas que se tarda todo un
día en subirlas, y
si consigues llegar al pico más alto, el Almanzor lo llaman, parece que puedes
tocar el cielo. La nieve en la cumbre aguanta hasta bien entrado el verano. Los
pueblos y las lagunas que se ven abajo parecen muy chiquininos.
- ¿Usted ha estado en el Almanazor
ese?
- En el Almanzor. No, ¿que se me
ha perdido allí a mí? – le contestó con una risotada. – Chico frío hace en esas
cumbres tan altas.
- ¿Y hay también vacas, cabras y
ovejas en esas sierras?
- Allí la hierba está verde incluso en verano, así que los animales están
siempre hermosos. Y sí, hay muchos. Pero el invierno es muy duro, hace mucho
frío y hay mucha nieve. Hay tanta nieve en las cumbres, que si intentas andar
se te mete toda la pierna dentro de ella.
Felipe ponía los ojos como
platos escuchando todo aquello y se moría de ganas de contárselo a sus hermanos.
El serrano, además de alimento, le
daba a Felipe una Perra Gorda a la semana.
Desde algunas partes de la finca
del Arrocampo se veía algo apartada la carretera que iba a Trujillo. Su madre
Petra iba cada cierto tiempo a hacer labores a Trujillo, en un carro de alguien
que tuviera que acercarse a esta importante ciudad. Felipe miraba desde lejos
los carros que pasaban e imaginaba que en ése podía ir su madre, pero desde esa
distancia no distinguía a las personas, solo el lento bambolear del carro
avanzando.
Dormían en un pajar cercano al
cortijo, donde le habían habilitado una cama que consistía en una manta de
trapo, debajo de la cual había unos cuantos trozos de lana y de paja.
- ¿Cómo se las apañaba para hacer todo esto antes de venir yo?
- Pues haciéndolo, una cosa detrás de otra. - decía el serrano sonriendo
de la ocurrencia de Felipe.
- ¿Entonces pa qué me necesita, si pue aviarse usté solo?
- Ende luego no tienes pelos en la lengua, zagal. Pues verás, primero
porque ya voy siendo más viejino y me cuesta terminar las faenas por mi cuenta.
Además, mientras yo tengo que ir a Ibahernando a por víveres o a vender quesos
a Trujillo, el ganado así se queda atendido por ti. O cuando tengo que ordeñar
a las ovejas, si tú no me apartas a los borregos y los llevas aparte, a ver
cómo me las arreglo. Y también porque me haces compañía. Estar tanto tiempo
solo se hace muy cansino.
Pero aun siendo el serrano muy
buena persona, Felipe se aburría, se le hacían larguísimos los días.
Acostumbrado como estaba a jugar con sus hermanos, sobre todo con su hermano
Narciso, ahora la única compañía en todo el día era el serrano, que no estaba
por la labor de jugar a juegos de niños con Felipe. Esa falta de
entretenimiento alargaba tremendamente los días, como si tuvieran bastante más
de 24 horas.
La muda
Un día de la primera semana,
Felipe le soltó al serrano:
- Patrón, me tengo que ir a mi
casa.
- ¿Cómo es eso?
- Es que me dijeron mis padres
que me fuera a mudarme los domingos.
- Chacho, si hoy es
jueves. Mucho quieres tú que corran los días.
- ¿Mañana es domingo, entonces?
- No, mañana es viernes, luego
viene el sábado y después el domingo, que ya te puedes ir a mudar.
“Este hombre a mí me está
engañando, no puede ser que no sea domingo ya”, pensaba para sus adentros
Felipe.
Llegó el domingo y Felipe se fue
a su casa. Al llegar al pueblo y ver a su madre Petra de lejos, se alegró tanto
que hizo los últimos metros a la carrera, para que el tiempo en casa fuera lo
más largo posible.
- Felipillo ¿Qué tal te trata el serrano?
- ¡Me da poco bien de comer! Me da unos trozos poco
grandes de pan y de tocino… y hasta de jamón. Pero yo creo que me hace estar
más días. ¿Hoy es domingo?
- Claro hijo, hoy es domingo- sonreía su madre.
Estuvo un rato jugando con su
hermano Narciso y, durante el almuerzo, estuvo contándoles a todos las
historias del Serrano, con ímpetu de aventurero.
- Felipe ¿no estás exagerando una mijina lo que te ha contado el
serrano? – le decía su hermano José, el mayor.
- No, José, es cómo te lo cuento. – le respondía Felipe molesto y poniendo
los brazos en jarras.
- ¡Cómo te va a dar jamón para comer! Eso es solo para los señoritos,
las parturientas y los enfermos.
- Pues me da algún trocino de jamón de vez en cuando, como si yo fuera
un señorito, porque ni parturienta ni enfermo soy. – se burlaba Felipe de su
hermano mayor
Los palos en la hornilla
Ese día se fue de vuelta al
Arrocampo en el burro con unos hombres que iban a arar a Los Quintos, una aldea
cercana.
Llegó firmemente resuelto a que
no le engañara el serrano, haciéndole quedarse más días de los debidos.
El pajar en el que dormían tenía
unas hornillas, unos huecos en la pared, donde iban colocados los maderos que
hacían de sustento de paredes y techo. En una hornilla vacía, cercana a su camastro,
ponía al acostarse un pequeño palito por cada día que pasaba en la finca.
El problema es que a Felipe nadie
le había enseñado a contar, así que se llevaba los palitos que se habían
acumulado durante toda la semana en el bolsillo y se los enseñaba a sus padres,
para que le dijeran si eran tantos como días de la semana.
- Si, Felipe, el hombre no te está engañando. Son siete palitos. Y siete
son los días de la semana. – Le decía su madre Petra.
- ¿Después del siete cual va?
- El ocho
- Pues las semanas se me hacen tan largas, que paice que tengan
ocho días.
La siguiente semana, Felipe
siguió con el mismo procedimiento de meter palitos en la hornilla. Como viera
un día que, en un vistazo rápido a los palitos, parecía que ya había la misma
cantidad aproximada de la semana anterior, convencido de que era domingo -o más
bien deseoso de que lo fuera-, cogió lo que necesitaba y se preparó para irse.
- Zagal, ¿dónde vas?
- A mi casa, que ya es domingo.
- ¡Qué domingo, si hoy es
sábado! Anda, vete a dar una vuelta a las ovejas. Y toma un trozo de tasajo, para que se te pase el
disgusto por no ser aún domingo- dijo benevolente el serrano.
“Este hombre me está engañando”
se decía para sus adentros Felipe, con gesto todo morrúo, mientras
masticaba el tasajo.
Sin embargo, cuando llevaba los
palitos a casa, de nuevo le volvían a asegurar que tenía tantos como días de la
semana. Ni más ni menos.
Ni que decir tiene que en
aquella época no había calendarios en los pueblos, ni nada que se le pareciera.
- Dile al serrano que te enseñe a contar y a leer, que los serranos son
muy listos y se dan buena maña en eso y allí vais a tener tiempo para ello. Así
aprendes a contar los días. No son pocos los mozos del pueblo que han aprendido
a leer y escribir con los serranos.
Y así fue, el serrano acabó
enseñándole a contar, e incluso las primeras letras, base de lo que iría poco a
poco aprendiendo más adelante, pues en aquella época en pueblos como Santa Cruz
no había escuela, ni maestros.
Una vez contado este episodio,
se entenderá el cariño que tenía mi abuelo Felipe por los calendarios, una vez
que estos comenzaron a llegar al pueblo.
Y, por eso, en la casa donde yo
pasaba los veranos en Santa Cruz de la Sierra, la casa de mis abuelos Felipe y
María, había varios calendarios de pared. En uno de ellos, el de la empresa de
piensos, que tenía unas letras y números inmensos, recuerdo a mi abuelo Felipe,
ya con sesenta y bastantes años, tras cenar y escuchar el parte en la radio, coger
el lápiz y tachar con insistencia el día que estaba terminando. Y luego contar
con la mirada los días que quedaban para el domingo. El bendito domingo.